miércoles, 8 de marzo de 2017

Save myself


Hace muy poco que escuché esta canción del disco nuevo de Ed Sheeran, Save myself, y no puedo dejar de pensar en lo mucho que habría necesitado esta canción cuando tenía 15, 17 o 22 años. Y es que a lo largo de mi vida he intentado ayudar a la gente que tenía a mi alrededor, tanto emocionalmente como de formas más tangibles, y a menudo me sentía traicionada por la misma persona a la que ayudaba. De eso, y de estar bien uno mismo antes de ayudar a otros, es de lo que habla esta canción. 

Hubo una época muy complicada para mí cuando tenía 21 años, porque el 80% de las personas a las que consideraba mis amigos y por los que hubiera dado todo, empezaron a fallarme. No a dejarme de hablar, sino a traicionarme, a enfrentarse a mí de manera violenta (verbalmente, afortunadamente) a clavarme dagas por la espalda y a utilizar todo lo que sabían de mí en mi contra. ¿Por qué cuento esto tantos años después? Porque si yo hubiera sido capaz de reconocer que yo no tenía el 100% de la culpa en aquello, y que todo lo que había ocurrido eran diferentes casos aislados que debía analizar como tal, me hubiera ahorrado mucho dolor y mucho dinero en medicamentos y en atención médica.


Nos educan (especialmente si eres mujer y/o si lo hacen desde la perspectiva cristiana) para que antepongamos las necesidades de los otros a las nuestras, para que nos sacrifiquemos por los demás. La influencia del catolicismo en la cultura española nos hace convencernos de que tenemos que darlo todo por nuestros familiares, amigos o vecinos, y que eso nos llevará a sentirnos bien nosotros mismos: Se nos promete nuestro bienestar si lo sacrificamos por otras personas. Sin embargo, no podemos ser útiles a nadie si no estamos bien nosotros mismos, y eso es algo que muy rara vez se enseña: ¿Cómo iba a pretender yo, en la época en que tenía insomnio y ataques de ansiedad casi a diario, que no me afectaran los problemas que me contaban mis amigos? Inconscientemente sumaba sus emociones a las mías y, aunque trataba de aconsejarles, al final del día explotaba en mi dormitorio, donde nadie se enterara, y al día siguiente estaba aún más hecha polvo. Y aún así, vuelta a empezar. Y cuando estos amigos empezaron a acusarme de desearles el mal, cuando se dedicaron a decir a nuestros conocidos en común que yo era una mala persona, me sentí aún peor. Y todo por no haber sido capaz de poner un pequeño escudo entre ellos y yo y decirles "te quiero mucho, pero ahora mismo no puedo ayudarte. Soy yo quien necesita ayuda".  Incluso si se hubieran marchado después, me hubiea evitado la sensación de haberme sacrificado para nada.



Seguro que esta historia te suena, te habrá pasado una, dos, tres y cien veces. Los seres humanos somos egoístas por naturaleza, pero aprendemos a compartir nuestra vida con los demás por pura supervivencia. ¿Y qué hacemos cuando esa supervivencia nos lleva a olvidarnos de cuidar de nosotros mismos, a rechazar nuestro propio bienestar, o incluso a encontrar en los problemas de los demás una distracción de nuestros propios problemas?


No es egoísta pararse, frenar a todo el mundo y dedicarte a tí el tiempo que mereces. ¡Sin prisa! Sólo podrás ser útil a tus amigos y tu familia, si necesitan tu ayuda de verdad, si tú te sientes bien contigo mism@. Así que la próxima vez que alguien trate de agarrarse a tí para poder mantenerse a flote analiza tu propia situación y ofrécele tu mano sólo hasta donde puedas dársela. No te abandones. Y, en la misma línea, siéntete libre de rechazar cualquier persona que no te de confianza suficiente en tu vida. Da igual si es amigo de tus amigos, la pareja de tu hermano o de tu madre: No tienes que dejarle conocer tu auténtico yo ni dejarle entrar a los aspectos más personales de tu vida (y sólo tú marcas lo que significa esto) si no te sientes segur@ al respecto. Y no tienes que darle explicaciones a nadie, fíate de tu instinto. De nuevo, la prioridad será que tú te encuentres bien. Sólo así, salvándote a tí mismo, podrás salvar a otros.

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