domingo, 21 de julio de 2013

~Salvaje



Alexa era nueva en esto de transformarse. Hacía apenas unas semanas que el mundo que conocía se había desmoronado por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y ahora era un hombre-lobo. Bueno, una mujer-lobo, pensó con una sonrisa amarga en los labios.

Al principio no había pasado nada, la herida había empezado a cicatrizar rápidamente, como siempre. En el piso de estudiantes en el que vivía nadie había notado nada. Pero las marcas que quedaron en su piel no se parecían a nada que hubiera visto antes, por más que navegara en sus recuerdos más antiguos.

Afortunadamente no estaba sola: La experiencia le había servido para descubrir que Jason, casi una década mayor que ella, también era un hombre-lobo. ¿Quién lo diría, del propietario de una cafetería de barrio frecuentada por adolescentes? ¿Quién sospecharía que una vez al mes se convertía en una máquina peluda de matar? Fue el propio Jason el que se dio cuenta del cambio en Alexa. Por el olor, le dijo, y ella casi se había ofendido. Aunque ahora lo entendía (pensó mientras volvía a sonreir para sí misma, una sonrisa que le dolía en el pecho), ya que en las últimas semanas ella misma se había "asalvajado" un poco. Sus sentidos se habían agudizado, percibía olores y sonidos nuevos con gran facilidad, el hambre le asaltaba repentinamente y sin que pudiera controlarla y sentía cómo sus músculos se tensaban ante la más mínima amenaza. Jason se había convertido en una especie de tutor, de hermano mayor, y sin duda en un amigo y en un apoyo. Cada tarde Alexa iba hacia su cafetería y estudiaba allí, esperando a que fuera la hora de cerrar. Entonces ambos se iban a la pequeña casa que Jason había heredado de un pariente ya fallecido, y preparaban algo para cenar con las sobras que traían desde el bar.

Después de la medianoche, empezaba la pesadilla para Alexa. Debía ser igual para él, pero su experiencia le ayudaba a controlar las sensaciones, a verlas como algo cotidiano (no en vano hacía ya muchísimos años desde que él había sufrido su primera transformación) y a no prestarles mayor atención. Pero para ella la tensión en los músculos esas noches previas a la Luna llena era insoportable, la necesidad de rasgar, morder y destrozar era nueva. La opresión que sentía en el pecho, y los pinchazos en la boca del estómago, eran de todo menos agradables. Jason y ella se tumbaban en el sofá-cama y pasaban la noche juntos: Él la abrazaba cuando perdía el control, le sujetaba las muñecas cuando sus uñas parecían convertirse en garras y la vigilaba en sueños. Entre los dos trataban de mantener el buen ánimo y quitarle hierro al asunto. A fin de cuentas Jason estaba ayudando a Alexa, y en las últimas semanas se habían hecho amigos, pero cada uno tenía su vida. No había ningún romanticismo en esas noches, había supervivencia. Y ella tenía que aprender a sobrevivir sola lo antes posible o seguiría siendo un lastre para el hombre-lobo.

Y ahora Alexa estaba sola, tumbada bocabajo en una jaula que serviría para retenerla en su forma de lobo. Jason utilizaba otra en las noches de luna llena, para proteger al vecindario del peligro que él mismo era, y había conseguido una para Alexa con el mismo objetivo: Dos metros de largo y apenas un metro de alto, permitían que la joven se sentara y se tumbara, pero posiblemente fuera incómodo para su "yo" salvaje. La jaula de Jason era algo más alta y estaba situada en su dormitorio, pero ambas tenían los barrotes cubiertos de gomaespuma para amortiguar los golpes que, una vez convertidos en lobos, se daban contra los barrotes en un intento de liberarse. Ahora sólo quedaba esperar en ese sótano, dentro de esa jaula, sola y perdida en el silencio de la noche. Y se sentía peor que nunca.

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