martes, 8 de enero de 2013

Y a veces escribo

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Clem era una ciudad pequeña, donde casi todos sus habitantes se conocían. Se había fundado hacía varias décadas y, tras mucho esfuerzo por parte de alcaldes, habitantes y algunos visitantes, se había convertido en una ciudad próspera. Si bien en los primeros años tras su fundación a Clem le resultó muy difícil entrar en el circuito comercial y diplomático con el resto de ciudades, lo cierto es que lo había conseguido, con bastante éxito, en opinión de las personas que allí residían.

Lo más característico de Clem era lo diferentes que sus habitantes eran entre sí, y más aún en comparación con las ciudades vecinas, grises y monótonas. Su arquitectura era un reflejo claro de esto, y con cierto aire a Gaudí, combinaba formas, colores y espacios como si de una mancha de aceite sobre el asfalto mojado se tratara. De igual modo, los habitantes de Clem eran inclasificables: De otros pueblos, podrías generalizar, y decir que la mayoría eran así, o asá. Que los de aquí eran más simpáticos, los de allí más agudos, los de más allá más reservados. Pero nadie, en muchos kilómetros a la redonda, se atrevía a definir con una sola palabra a quienes habían nacido y vivían en Clem.

Volviendo a sus relaciones comerciales, por fin sus habitantes sentían que habían alcanzado el equilibrio. Se entendían con ciudades extranjeras, con idiomas y costumbres diferentes, y disfrutaban en cierto modo del turismo entre ellas. A pesar de los roces ocasionales, podía decirse que la situación era brillante y feliz. Aunque las condiciones para el transporte, según la zona, podían llegar a ser duras, hacian esfuerzos secretos para que esto no supusiera un impedimento.

Pero un día, los camiones, las furgonetas, los aviones y los barcos dejaron de llegar a Clem. De pronto, todos los tratados habían perdido validez y los embajadores se estaban marchando. Nadie en esta ciudad sabía lo que estaba pasando, y nadie en las aldeas y pueblos vecinos parecía interesado en explicarlo. Concejales y expertos llegaron a las poblaciones más cercanas, tratando de encontrar la causa de tal invisibilidad, sin aclarar absolutamente nada, encontrando las puertas cerradas. Los habitantes de Clem, dándose cuenta de su situación, comenzaron a darse cuenta de lo diferentes que eran entre ellos, pero seguían sin entender porqué esto, tan simple, había conseguido alejar a sus vecinos. Quienes tenían relaciones comerciales y afectivas con otras localidades se encontraron, de pronto, sin poder localizar a sus socios ni a sus seres queridos. No había nadie para ellos, y a nadie parecía interesarle. Nadie podía ayudarles, salvo ellos mismos, mientras trataban de descubrir y entender qué era lo que había pasado.

¿Cómo podía salir Clem adelante, sin entender qué podía haber pasado, ni saber por dónde empezar?

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