miércoles, 6 de junio de 2012

Peter

 
Noviembre de 1900, en una campiña en las afueras de Londres





Hacía frío, pero Peter sudaba mientras cabalgaba a toda velocidad. La ropa se le pegaba pero sentía la humedad en su rostro, en su pelo y en sus manos enguantadas. Las ideas se agolpaban en su cabeza, le torturaban y le hacían sentirse enfermo.

Esa mañana había salido junto a su padre y sus tíos en una partida de caza, la primera a la que le permitían asistir. A sus doce años, estaba impaciente por vivir la experiencia, aunque fuera como asistente de su padre, escritor de profesión. Sus tres tíos menores envidiaban la suerte del afamado autor después de que éste recibiera toda la herencia de su padre, el abuelo de Peter, que recaería después en el joven Peter. Nada para ellos, empresarios mediocres, ni para sus hijos. Desde entonces, su actitud había sido más que forzada, más hipócrita que respetuosa, más fría que fraternal.

Pero Peter, cuya madre había muerto al nacer él, jamás hubiera imaginado que uno de sus tíos utilizara su escopeta para disparar a su hermano mayor y herirlo de muerte. La imagen de su padre cayendo del caballo, su cabeza chocando contra la tierra y el sonido del disparo se repetían una y otra vez en su cabeza. Y la amenaza de sus tíos "Si te marchas y no vuelves nunca, no sufrirás el mismo destino que tu padre".

¿Y ahora? Peter suponía que fingirían que todo había sido un accidente. Que él, en su inexperiencia, había disparado a su padre sin quererlo, y que después... ¿Qué? ¿Fingirían que había huido, que había muerto ahogado o aplastado por su caballo? ¿Todo por una maldita herencia? La única certeza que tenía Peter es que ahora estaba solo, cabalgando bajo una lluvia cada vez más intensa, y que no podría volver. Que su vida nunca sería la de antes, que un niño de doce años no tiene la fuerza suficiente para enfrentarse a tres asesinos. Que ya no volvería a sentarse frente a la chimenea a escuchar cómo su padre corregía sus propios relatos en voz alta, ni que podría dormir en su cama mientras escuchaba las gotas de lluvia chocar contra el cristal, esas mismas gotas que ahora hacían que la tierra se reblandeciera bajo las patas del caballo y salpicaran su ropa de barro. En un momento dado el caballo dio un traspiés, las cansadas manos de Peter resbalaron e inevitablemente, cayó al barro. 

Su querida montura siguió corriendo, y su sombrero de caza se había perdido en algún lugar tras la caída. Sin embargo, Peter aún estaba de una pieza, y empezó a caminar hacia la tililante luz que brillaba a lo lejos. 


II

Un tiempo después, el niño llegó hasta una mediocre estación de tren de un pueblo rural. Empapado pero incapaz de sentir frío o hambre, llamó a la puerta. Un hombre de dudoso aspecto (al menos para un joven tan educado como él) y que apestaba a alcohol le permitió pasar al cuarto que, a juzgar por las apariencias, debía ser el hogar del empleado de la ferroviaria. Allí, sentado en una tosca silla de madera (comparada con la silla que adornaba su antiguo dormitorio y que había pertenecido a su madre) y con la vista fija en la chimenea, se durmió.

La mañana siguiente fue más fría aún que la anterior, y para colmo Peter descubrió que el hombre que amablemente le había dejado descansar en su casa, había desaparecido llevándose la chaqueta y las botas que el niño había dejado secándose junto al fuego. Peter empezó a plantearse si las cosas hubieran sido diferentes de haber tenido una madre viva, alguien a quien acudir en un momento como ese y que lo defendiera y lo protegiera de sus tíos. Claro que tres hombres avariciosos no tendrían nada que temer de una mujer y su hijo...

Peter decidió tomarse el robo de las botas y de la chaqueta como pago por la hospitalidad del hombre (no sin antes tomar una manta como parte del servicio) y salió hacia las vías del tren. Con suerte, si las seguía en la dirección apropiada, llegaría a Londres. Había visto niños de su edad buscándose la vida en minas o repartiendo periódicos: él no iba a ser menos. Con la manta sobre los hombros, comenzó a andar.


III

Noviembre de 1900, Londres

Dos días más tarde, Peter llegó a su destino. Había tenido que pasar una noche en una cabaña abandonada al borde del camino y apenas había comido o bebido, así que nada más llegar a la ciudad bebió hasta hartarse en la primera fuente que encontró. ¡Él, bebiendo con las manos de una fuente pública! No tuvo tanta suerte al intentar llenar su estómago, ya que parecía que toda la basura de Londres (que era mucha) ya había sido saqueada por otras personas hambrientas. Desolado, Peter se tumbó apoyado en el muro trasero de una iglesia, pobremente cobijado por las cornisas que decoraban la pared y vigilado por las terroríficas gárgolas que, amenazantes, vigilaban sus pensamientos. Unos pensamientos que no habían dejado de rondar el momento fatídico en que su vida cambió.


IV

Al llegar la noche, el frío se intensificó. La llovizna dio paso a la nieve, y una fina capa blanca comenzó a cubrir las losas sobre las que dormitaba el pequeño Peter.  El sueño se hizo cada vez más profundo y su piel perdió el poco color que le quedaba, mientras la nieve comenzó a cubrir también sus manos, sus pies desnudos, su espalda, apenas cubierta por una camisa y una manta ajada. Peter no quería moverse, no podía moverse, sólo podía escuchar el fatídico sonido de una escopeta disparada días atrás. "Me voy a morir", pensó Peter. "Me voy a morir en la calle". Abandonándose a su destino, abrió los ojos con un esfuerzo sobrehumano y, entre sus heladas pestañas, vio una luz acercándose a él. Y la luz le habló. 

Le habló con sonidos tililantes, frescos como una merienda en el jardín, y Peter lo entendió como si hubiera hablado ese idioma mágico desde el día en que vino al mundo. Y lo comprendió todo. Su padre le contó que cada niño tiene un hada que le protege en el mundo, desde que el primer bebé aprendió a reír. Y entendió que esa luz inquieta y cálida era la suya.

- ¿Eres mi hada? ¿Vienes a verme morir?
- Peter, cierra los ojos y ven conmigo, nos vamos al País de Nunca Jamás.




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