miércoles, 11 de enero de 2012

Historias

Fotografía de ~blindmanphoto

  Atardeció, y con la oscuridad, llegó la hora más esperada del día. Cada vez que ella se metía en la cama, cada noche, su mente ¿y acaso su cuerpo? viajaban. ¿Le pasaba a alguien más? No podía saberlo, su naturaleza tímida y algo asustadiza no le permitía acercarse lo suficiente a otra persona como para compartir un secreto tan bien guardado.

Lo cierto es que cada noche, en el momento en que se arropaba con las sábanas y las mantas de su cama, retando al frío invierno, se trasladaba a lugares insospechados, y siempre sorprendentes. Una noche podía aparecer en un jardín pintando las rosas blancas del color de la sangre, otras se veía viajando de planeta en planeta sujeta a una bandada de pájaros junto a un niño de cabellos de oro. Alguna vez, incluso, había vivido el miedo y la tensión de un Jim Hawkins escondido bajo un puente, y había deseado advertirle que Long John Silver no era de fiar. 

Otra noche descubrió un país situado en la segunda estrella a la derecha. En otra ocasión, visitó un palacio en el que todos dormían sin envejecer y se dejó cautivar por la belleza de la princesa que descansaba en la torre más alta del castillo. Esa noche podía esperarle cualquier cosa: Quizás no lo supiera, pero podía convertirse en el testigo indeseado de un crimen digno de ser aclarado por Sherlock Holmes, o tal vez descubriera un limpio y ordenado agujero-hobbit, abandonado por su propietario al marcharse a alguna aventura desconocida. No, definitivamente nadie debía conocer su secreto, nadie podría comprender la emoción que sentía al vivir, cada noche, una historia distinta.  Esa noche, tomó un libro en sus manos, El libro de la selva, y cerró los ojos.

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